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lunes, 31 de octubre de 2016

Hijos. Confianza. Amistad.

“¿Qué es la confianza?” Le preguntaron un día sus dos hijos ansiosos de conocer la respuesta.

- ¿La confianza? - Dijo ella extrañada ante tan repentina pregunta.

Estaba en la cocina, preparando un delicioso pastel de manzana, con las manos en la masa e impregnada del dulce olor de la fresca manzana. Se dio parsimoniosamente la vuelta para mirarles y al hacerlo se dio cuenta, por sus caras, que debía de ser una pregunta de gran importancia.

- ¿Qué os pasa? – les preguntó sin mas dilación.

- Necesitamos saber que es la confianza. ¿Cómo sabes si puedes confiar en alguien o no? – volvieron a preguntar con apremiante tono de voz.

- Pues… en realidad en un principio no lo puedes saber. Pero tienes que tener la confianza de confiar; si no… te limitarías a deambular en soledad. Quiero decir que la amistad se basa en la confianza. La amistad con tus amigos, con tus padres o tus tíos. La amistad con tu vecino, con tu gato o tu peluche al que abrazas cuando estás muy cansado. Sin confianza no conseguirías mantener ninguna de esas amistades. Porque la confianza debe primero construirse, crearse y creerse; y luego fortificarse según las acciones de esa persona. – un prolongado silencio acompañado de las expresiones anonadadas de sus hijos se difundieron por la cocina mezclándose con el olor de la mantequilla derretida.

Tras unos instantes, la madre cogió aire, dispuesta a intentar explicarse de nuevo ante el sentimiento de confusión que se deslizaba por la habitación.

- La confianza es… tirarse al vacío sabiendo que el otro va a estar detrás para agarrarte y no dejar que te des el golpe. Es apostar por el amigo, si él cree que lo puede hacer, tú debes creer con él. La confianza es ser uno mismo; cerrar los ojos y dejarse llevar, confiando en cada paso que tus pies den al caminar. Son los pequeños detalles que hacen la vida girar. – los niños la miraban con los ojos bien abiertos, interiorizando cada una de las palabras que su madre les decía. Y esta, proseguía. - Yo tengo confianza en mis hijos cuando me dicen que se van al parque a jugar y sé que cuidarán el uno del otro y nada les va a pasar. Y mis hijos confían en mi palabra cuando les digo que para merendar tendrán una humeante tarta de manzana preparada. - dijo al ver que sus hijos se relamían ante el olor dulce que habitaba de la cocina. - Ese grupo de personas con las que te rodeas las has elegido por algo, una de esas muchas cualidades que cumplen es la confianza. Y si conoces a una persona y aun no sabes si puedes confiar en él o en ella, es muy simple, tienes que tirarte a la piscina. Y no, no me refiero a una piscina de verdad, simplemente digo que algún día tendrás que probar y confiar. Por ejemplo… si le dejas a esa nueva persona un juguete, confiando en que te lo devuelva al día siguiente y no lo hace, lo rompe o lo pierde; ya sabes que a esa persona no le puedes confiar tus juguetes… – dijo eso percatándose de que el pequeño de sus hijos tenía un juguete que no le pertenecía fuertemente agarrado en una mano y en la otra un juguete suyo, su más, más favorito. A si que continuó – pero por otro lado, si no se lo dejas, siempre te quedarás con la duda de saber si podías confiar en esa persona o no. Y si él confía en ti, ¿Por qué tú no ibas a confiar en él?
- Eso es lo que más o menos yo le he intentado decir – dijo el mayor de los dos. – pero… no he usado palabras tan rebuscadas.

La madre miró por la ventana y vio al pequeño nuevo vecino que era de la edad de su hijo. Este, estaba esperando a que salieran. Se le veía algo nervioso a la vez que inquieto.

- Además – añadió ella – puedes invitar a ese nuevo amigo a merendar un poco de esta deliciosa tarta que estoy a punto de hornear.

El niño sonrió y salió corriendo en busca de ese, su nuevo vecino,  su nuevo amigo al que le dejaría su juguete más, más favorito.

La madre siguió cocinando su pastel. Pensando y recordando la de veces que había usado ese poder llamado confianza. La de veces que con él había ganado y también las que había fallado. Pero cómo en cada fallo había aprendido algo.

Y esa tarde, en la que su hijo intercambiaba juguetes con el nuevo vecino, en la que jugaban por primera vez y merendaban tarta de manzana, se convirtió en el comienzo de una larga y duradera amistad. Conocieron a mas gente y formaron un gran grupo de amigos. Pero la amistad de ellos era especial, una amistad en la que la confianza siempre fue el pilar que los sostenía; una amistad irrompible en la que con los ojos cerrados se fiaban del otro y como su madre le había dicho podían dejarse caer al vacío estando seguros de que él otro estaría ahí para sostenerle.

Y como siempre sucede, el tiempo continua con el tictac del reloj, el pasar de los años que guían nuestros cambios físicos; la adolescencia, la pubertad, la madurez y la vejez. Y ahí están, en esa última etapa de la  vida, dos buenos amigos que apostaron por la confianza un día. Y hoy por hoy en lugar de intercambiarse los juguetes, cada vez que se ven se intercambian el bastón que les ayudaba a sostenerse y así tener siempre, una mano amiga en la que apoyarse. Y por ahí juntos se pasean, confiando en cada paso que sus lentos pies dan al caminar agarrados a ese bastón, un bastón llamado confianza.

Dedicado a Dami,
espero que confiases en que tu cuento llegaría algún día. :)

1 comentario:

  1. ¡Que guay!, has vuelves a hacernos disfrutar.
    Yo confío que dejes en tu repleto tiempo un hueco y escribas más a menudo.

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