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jueves, 10 de marzo de 2016

Amor. Felicidad. Alegría.

Para Anita, aquí tienes tu cuento.

La lluvia era tan fuerte que mi caballo se encabritó, reculaba, daba vueltas sin parar, no había forma de saber a dónde ir pues no había manera de poder verlo. Me bajé del caballo e intenté calmarle, le susurré al oído, le hice saber que estaría a salvo.

Tras horas caminando bajo la lluvia y tirando de las riendas una luz parpadeó entre la nada. ‘No te apagues’ pensé para mis adentros. Y así es como acabe llegando a una humilde casa de madera y sin duda alguna, llamé a la puerta.

Tras la vieja y pesada puerta de madera aparecieron tres cabezas. Tres hermanas sorprendidas ante la inesperada visita. Al principio no sabían ni que decirme, luego una de ellas me preguntó si quería pasar y las otras dos se apartaron abriéndome paso.

Era una casa maravillosa, nunca hubiese imaginado que en mitad de ese alejado páramo encontraría una casa llena de magia humana. Las paredes estaban pintadas de todos los colores, había flores de mil olores en jarrones de formas extrañas. Cuadros que colgaban en las paredes de manera desalineada, uno de ellos llamó especialmente mi atención pues tenía dibujado un gran árbol de la vida con todos los tipos de verdes que puedas imaginar y tres pájaros que revoloteaban por encima. Por toda la casa había cosas que colgaban del techo, cosas como estrellas y  atrapasueños.

Me dejaron ropa seca para cambiarme, esa ropa que una vez fue de su padre y luego me invitaron a sentarme cerca de esa gran y humeante chimenea encendida.

Esa noche fue una noche mágica que en realidad no puedo casi recordar, pues pasó como un suspiro entre las voces y las risas de esas tres hermanas bailarinas de la vida. Saltaban de un tema a otro sin orden ni dilación; danzaban alrededor de la casa y llevaban siempre la sonrisa marcada en su cara. Eso si, cuando les pregunté por sus nombres, calladas se quedaron y como si de un juego se tratase me aseguraron que no me lo podían decir, que tenía que ser yo mismo el que los adivinase. Me contaron que ellas no podían pronunciar sus nombres porque si lo hacían dejarían de ser quienes eran y les pasaría como a su herm… y ahí se quedaron, no me dio tiempo ni a abrir la boca cuando ya habían desaparecido en sus alcobas.

Y los días iban pasando casi sin que me diese cuenta. Esas tres hermanas me tenían absorto en esa burbuja de amor, felicidad y alegría que dentro de la casa tenían.

Una tarde, decidí salir de la casa, pues quería ir a ver a mi caballo blanco, que según ellas me decían, le habían estado alimentando; y yo sin más las había dejado, pues andaba demasiado absorto en adivinar sus nombres. Pero esa tarde una piedra chocó contra el cristal de la ventana, haciendo una pequeña grieta, una grieta por la que el aire fresco se coló y me acarició la mejilla; lo que me hizo querer respirar más de ese aire, pues de repente me sentí enclaustrado en esa casa de cuento. Y también me hizo recordar a mi caballo y querer ir a verlo. Pero para mi sorpresa cuando fui a abrir la puerta, la encontré cerrada  al igual que las ventanas. ‘¿Cuánto tiempo llevo encerrado aquí dentro?’ me pregunté para mis adentros. No tenía concepto del tiempo y al pensar eso miré a mi alrededor, sin poder encontrar ningún tipo de reloj. Lo que si vi, que antes no me había fijado, es que el cuadro del árbol de la vida había cambiado, se veía más mustio y unas cuantas hojas estaban caídas. ‘¿Qué estará pasando?’ me cuestioné a la vez que observaba que pese a ser tres hermanas había cuatro juegos de todas las cosas de la casa; cuatro sillones, cuatro platos, cuatro vasos, cuatro camas y hasta cuatro pares de zapatos. Lo que me hizo pensar en aquella frase en la que se quedaron a medias cuando les pregunté por sus nombres ‘¿No sería que en realidad eran cuatro hermanas?’ De repente me empecé a desesperar y quise salir de la casa, pensé en mi caballo ‘¿Cómo es posible que le haya abandonado tanto?’

Tras algunos intentos de abrir las ventanas o puertas las hermanas aparecieron en la sala “¿A dónde te crees que vas?” me dijeron las tres a la vez “Deberías adivinar nuestros nombres de una vez. A qué esperas, los queremos saber.” Me dijeron con unos ojos que nunca antes las había visto, unos ojos en los que el amor, la alegría y la felicidad se les había borrado de la mirada. Y en ese momento un estruendo de cristales rotos acompañados de un relincho hizo que nos diésemos la vuelta. ¡Ahí estaba mi caballo! Sin más dilación salte por la ventana a la vez que odia sus palabras envenenadas… “Ya te dije yo que no lo teníamos que haber dejado escapar, teníamos que haber acabado con ese caballo blanco.”  Un grito de odio desgarrado me persiguió hasta la ventana pero luego ahí se quedaron encerradas. Mirando, observándonos… maldiciendo a su hermana.

Y es que sobre mi caballo una bella chica me esperaba, me ayudó a subir y sin decir palabra cabalgamos durante horas, alejándonos de esa casa encantada.

Una vez que paramos me contó quien era, me dijo que esas eran sus tres hermanas y que eran hechiceras. Que atraían a hombres perdidos con el tintineo de la luz y les hacían quedarse allí hasta el día que adivinaban sus tres nombres… ese día, absorbían su vida y ese árbol que decoraba el salón volvía a renacer, mostrando sus verdes ramas. Ella era la cuarta hermana, la pequeña, esa que fue desterrada cuando su padre las dejó, pues pensaban que no la necesitaban ya que no encajaba con sus nombres; cosa  de la que ella siempre se alegró.


“Tu caballo llegó hasta mí suplicando mi ayuda, te tiene un gran aprecio. yo fui la que rompió el cristal en un primer momento. Siempre que veo hombres por el páramo intento desviarlos en otras direcciones pero esa noche de tanta lluvia… me fue imposible verte.” Me dijo casi a modo de disculpa. Yo aun no daba crédito a lo que oía y me di cuenta de que hacía tiempo había adivinado los nombres de las tres hermanas, Alegría, Amor y Felicidad; todo aquello que pretendían reflejar. ‘¿Cuál es tu nombre?’ Le pregunté a la cuarta hermana. Y en un susurro me dijo: Saravá.


martes, 8 de marzo de 2016

Luna. Meditación. Equilibrio.

Noche estrellada, pero tú no te das cuenta. Estás encerrada. Vives demasiado atareada como para fijarte en ese cielo parpadeante, ese inmenso techo que nos cubre, que siempre está presente y se ha vuelto tan común a tus ojos que ni te percatas de que está ahí; constante a la par que cambiante y variante. Porque tú, estás encerrada.

Las horas de tu día rutinario pasan rellenando formularios; corrigiendo trabajos; comprobando cuándo ponen esa serie que tanto te gusta en la tele, ‘¿son los miércoles o los jueves?’; haciendo la comida de mañana; dándole vueltas a los problemas que tiene tu hermana; tratando de mantener la casa organiza pero que por mucho que lo intentes ves que no lo consigues y lo dejas para mañana. Y así pasa tu día, demasiado agobiada como para prestar atención en esos pequeños detalles que nos rodean.

Vueltas y más vueltas te da la cabeza. El despertador suena y el día comienza…

Al volver a casa, miro por la ventana y ahí vuelve a estar esa inmensa noche estrellada, pero hoy, algo especial me dice que la observe, que la venere… Por unos momentos mi yo organizado y responsable me dice que tengo mil cosas que hacer pero… ¡Basta! Necesito salir de casa, respirar aire fresco. Sí, por si no te has dado cuenta, de mí misma hablaba, de ti mismo, de vosotros, de nosotros.

Una vez fuera, corro de manera alocada, trato de encontrar un sitio oscuro para poder observar esa oscura capa estrellada, pero en mitad de la ciudad, entre todas esas luces cotidianas se convierte en misión imposible…

Y ahí es cuando una idea loca se cruza en mi cabeza. Entro en casa, cojo las llaves del coche, me pongo el abrigo y me voy. ‘¿A dónde?’ ‘¿A dónde estoy yendo?’ Mi mente se queda en blanco… Conduzco en silencio, ni siquiera pongo la radio. Tras veinte minutos llego al lugar perfecto. No luz, ni ruido artificial, solo una montaña, algunos árboles e infinita oscuridad…

Una oscuridad clara, una oscuridad no oscura; una oscuridad que se estremece ante la belleza de la luna. Una luna imponentemente relajante, una luna que muestra su humilde grandeza y su simple belleza. Cierro los ojos y aun así la veo y siento como su brillo me recorre todo el cuerpo, hace que sea ligero y mi mente se deja llevar, abandona la lógica y la preocupación ilógica. Todo mi cuerpo se sumerge en la meditación, en una meditación guiada por el susurro de la noche, por el tintineo de las estrellas, por esa carismática luna.

Y es que a veces ese equilibro interior se nos desequilibra de manera desequilibrada y no nos damos cuenta hasta que el desequilibrio te desequilibra y hace que te caigas.

Yo estaba desequilibrada y tras largo rato sentí como mi cuerpo relajado volvía a encajarse, volvía a construir mi propio puzzle. Sentí cómo mi equilibrio interior se equilibraba y volvía a valorar la grandeza de las cosas pequeñas que la vida nos regala.



Para Marina, esa gran observadora de las bellezas de la vida.

lunes, 7 de marzo de 2016

Pompas. Chocolate. Amigas.

- ¿Qué haces aquí? Te dije que no vinieras, que estaba bien. Sólo necesito un poco más de tiempo y me recuperaré. No quiero amargaros el día con mis llantos y poca alegría. Es sábado vete a buscar al resto y pásatelo bien. Yo veré una peli y me haré algo de comer… Me quedo aquí, en casa. Vete, estoy bien.

- En serio me preguntas ¿qué hago aquí? ¿De verdad piensas que te voy a dejar así? No voy a ir a buscar a ningún resto, tú eres la que me necesita en estos momentos. Mira esas pintas que me llevas, estoy segura de que no te has quitado esa bata horrenda en días al igual que ese moño de pelo estropajo que te has colocado ahí arriba. Estás pálida y en tu cara no se ve ni un atisbo de vida y llevas ignorando mis constantes llamadas noche y día. Por lo que ahora déjame entrar en esa olorosa caverna que tienes por casa.

Y sin más miramientos, la aparto hacia un lado y entró con pisada firme en el salón con cara de sorpresa y asco pues nunca se podía haber imaginado que alguien pudiese en cuestión de semanas convertir su casa en un vertedero humano. Sin dilación se dirigió hacia el baño y encendió el agua caliente de la ducha. Se dio la vuelta y ahí estaba, parecía un ente que poco a poco se apagaba.

- No debí esperar tanto, tendría que haber roto antes ese ‘periodo de respeto por la soledad’. Ahora métete en la ducha y date prisa. Que tengo planeado un gran día.

- Pero…- comenzó a replicar y no le dio tiempo a decir nada más pues su amiga ya había salido del baño con un montón de rollos de papel higiénico terminados en la mano. Y como no tenía ni fuerzas para discutir se metió en la ducha.

Mientras, la casa iba pareciendo otra. Ya estaba puesta una lavadora, los clínex que deambulaban por todos lados habían desaparecido, la cama estaba hecha y las ventanas abiertas, los platos lavados y la cocina limpia y lo mejor de todo, un rico olor a tostadas recién hechas inundaba la casa.

- Sabes que no tienes porque hacer todo esto… Lo iba a hacer yo luego… - dijo con cara sorprendida y voz dubitativa mientras cruzaba la puerta de la cocina.

- Ya sé que no tengo porque hacerlo, quiero hacerlo. Hoy me apetece pasar un día con mi amiga, que lo echo de menos. Ven, vamos a desayunar algo, he traído zumo de naranja y algunos donuts. Por cierto, ya te ves mucho mejor, lo que hace una ducha eh…

Y se sentaron a desayunar sin intercambiar muchas palabras. Disfrutaron de ese desayuno en compañía, no les hacía falta más.

- ¿A dónde me quieres llevar? ¿Qué ropa me tengo que poner?

- Ya lo verás. Ponte la ropa que quieras, con la que estés más cómoda. – Pero al ver la mueca dudosa de su amiga, añadió – venga, vamos a ver que tienes en el armario.

Unos vaqueros y una camiseta con un jersey encima. Algo tan fácil como eso. Y juntas salieron por la puerta de esa caverna que volvía más a ser casa.

Tras media hora de en el coche se dirigieron hacia la entrada de un parque natural.

- Nunca he estado aquí antes.

- Lo sé. Por eso te lo voy a enseñar.

Pasearon durante horas hablando de todas las cosas, recordando momentos pasados en los que la tripa les acabó doliendo a causa de la risa, circunstancias curiosas que juntas habían pasado y también aquellos días en los que por algo se habían enfadado. Se sentaron en la cima de una colina y desde allí arriba pudieron contemplar toda la ciudad.

- Mira lo que he traído para completar el día - dijo a la vez que sacaba de su bolso dos pomperos y una gran tableta de chocolate.

Las dos rieron a carcajadas y se tiraron toda la tarde jugando con las pompas de jabón y viendo como volaban a su alrededor y el viento las empujaba ayudándolas a viajar por los cielos de la ciudad. A veces conseguían juntar dos dándoles así la forma de un corazón y cuando querían descansar saboreaban el ese delicioso chocolate mientras observando el atardecer que caía sobre los tejados de las casas.

- Gracias, hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien y disfrutaba del momento. Ha sido como cuando éramos niñas y nos tirábamos el día entero persiguiendo esas pompas de jabón. Hoy me has hecho volver a recordar quién soy. – dijo cuando se bajaba del coche a la puerta de su casa.

- De nada, para eso están las amigas. – le respondió con una gran sonrisa.



Para Sara Ita, sé que tú bien valoras la belleza de la amistad.

domingo, 6 de marzo de 2016

Colores. Sueños. Fantasía.

Una bonita historia para una bonita amiga, Sara.

Cuando nació su escandalosa risa causó una ola de alegría, era una niña llena de creatividad y fantasía, no le hacía falta tener a nadie para jugar ya que ella se las apañaba sola para crear su propio mundo de colores y allí pasar horas enteras. Tenían suerte de vivir en un apartado pueblo de la montaña, rodeado de verde y exuberante naturaleza por lo que a sus padres no le importaba dejarla vagar por el jardín y el pequeño bosque que tenían al lado de casa. Pero lo que no sabían era lo que la pequeña había encontrado… Pues por mucho que ella se lo dijese, ellos nunca la creían, pensaban que se trataba de uno de esos juegos de niños de fantasía.

Un día como otro cualquiera, la pequeña niña salió por la puerta de atrás de su patio y se encamino en dirección al bosque. Al girar el tercer árbol encontró a sus dos diminutos amigos dragones que ansiosos le estaban esperando. Y juntos siguieron caminando hasta la gran roca de colores, pues estaba cubierta de hojas y flores de todas las formas, tamaños y olores; flores y hojas que se enredaban entre unas y otras formando una red, una manta que escondía la piedra y lo más importante; su puerta.

La niña sin ninguna dilación apartó hacia un lado la enredadera y por el túnel de piedra se adentró y lo atravesó. Ahí estaba, en su mundo particular, en ese mundo del que nunca nadie daría crédito, un mundo de colores, un mundo de hadas, duendes y casas en gigantes setas. Un mundo de pegasos y unicornios que surcaban los cielos, un mundo de coloridas flores con forma de corazón, unas flores que un día trató de llevar a su madre para enseñarle que todo lo que contaba era verdad; pero cuando cruzo la puerta, la magia de la flor desapareció y entre sus manos se marchitó. “¿Cómo conseguís salir vosotros de la cueva sin que os pase nada?” le preguntaba constantemente a los pequeños dragones.

Los años fueron pasando y convirtió ese mundo en su secreto mejor guardado por lo que un día se sorprendió de que haciendo una excursión con el cole por el viejo bosque, llegados a la gran piedra portal la profesora dijese “Y ahora os voy a enseñar, unas de las maravillas que esconde este bosque, en concreto, esta gran piedra de colores” y acercándose hacia la enredadera con cuidado la apartó, la niña se tapó los ojos pues en ese momento no sabía qué hacer o decir, todos descubrirían su tesoro escondido. Tras escuchar un “ohh” de asombro separó los dedos para mirar entre ellos, y para su sorpresa observó que no había puerta ninguna sino que estaba la propia piedra, pero lo más curioso de todo es que en la piedra había grabados, dos dragones, un unicornio, hadas, duendes y una flor de corazón. “¿quién ha dibujado todo eso?” preguntó intrigado uno de los niños, “Nadie lo sabe, estas marcas en la piedra llevan años y años aquí, mucho antes de que vuestros abuelos fuesen al colegio. Hay gente que cree que tienen un mensaje oculto…” dijo a la vez que le guiñaba un ojo a la niña que al escuchar sus palabras había conseguido dejar de taparse con sus manos la cara. Los niños tras un rato se desinteresaron de los dibujos grabados y correteaban por el bosque, jugando y saltando. Ella se acercó a ‘su’ piedra y pasó los dedos por las hendiduras de esos dibujos…

Esa misma tarde tras volver del colegió salió corriendo hacia el bosque, pues aun tenía un nudo en la garganta pensando que la puerta de su mundo se hubiese cerrado para siempre. Pero cuando iba a llegar vio como sus pequeños dragones planeaban a su lado y tras la colorida enredadera seguía abierta la puerta.

Ese día comprendió que no todos podían abrir la puerta al otro mundo, que para ello tenías que creer en los sueños y hoy en día no todo el mundo era dado a ello. Cuando fue mayor llegó un día al portal y al descubrirlo volvió a encontrar esos dibujos grabados en la piedra; su puerta se había cerrado para ella y entendió que ya era el turno de otro pequeño soñador. Acabó convirtiéndose en la profesora del cole que llevaba a sus niños de excursión al bosque y les mostraba esa puerta tapiada a la vez que guiñaba un ojo al que tuviese la cara tapada.

Eso sí, aunque la puerta estuviese cerrada para ella, en su recuerdo seguía vivo, además de que los pequeños dragones nunca la dejaron de visitar.




Camino. Sueño. Navegar.


De pequeño se pasaba el día en la playa, metía los pies en la fría y salada agua. Le gustaba ver cómo sus pisadas se quedaban marcadas en la mojada arena, definía su caminar. Se ponía a correr o a saltar despacio y al girarse podía ver esas marcas de sus pequeños pies, todas distintas, pues cada paso que damos en la vida es distinto al anterior. Día a día formaba su camino hasta que una ola más fuerte que las demás, llegaba hasta sus huellas y las borraba, las deshacía, las enterraba bajo la arena; era como si nadie nunca antes hubiese pisado ese trozo de tierra… Desaparecían de la existencia, el mar se las tragaba y se las llevaba a las profundidades. Esas huellas robadas.

Un día decidió hacerle una pregunta a ese pretencioso y osado mar, que le robaba sus pisadas sin preguntar. Escribió su pregunta en un papel y después de enrollarlo lo metió en una botella, una botella que esa misma tarde lanzó al mar, tras marcar su camino y observar cómo una ola lo borraba una vez más. Y ahí se quedó, sentado en una roca, mirando cómo su botella se alejaba más y más, dirigiéndose hacia esa línea del fondo que delimita el final del mar. Su madre siempre le decía que eso no era así, que ahí el mar no terminaba, que tan sólo era un efecto óptico que la curvatura de la tierra hacia y él, no se lo creía. Y allí se quedó mirando hacia el horizonte y soñando que algún día él mismo lo comprobaría.

Los años fueron pasando y la botella nunca regresó hasta el punto que se olvidó de ella y de esas huellas que se borraban en la arena. Se acabó convirtiendo en un marinero, fuerte y corpulento. Le llamaban “el pirata” pues no había criatura marina o terrestre que se le resistiera además del añadido de que tras un accidente que tuvo; una noche de fuerte tormenta en la que la mitad de su barco fue destruido; perdió un ojo y desde entonces lleva un parche puesto para ocultar la horrible cicatriz de un ojo muerto. “El pirata” vivía para navegar, para él su casa era el mar y aún recuerda ese día en el que partió para perseguir ese sueño que tenía de pequeño y descubrir que se ocultaba tras esa línea del horizonte.

Tras idas y venidas acabó formando una familia que siempre le esperaba en tierra firme. En uno de esos largos viajes en la mar decidió regresar un tiempo a casa pues cada vez se sentía más cansado y los años le comenzaban a pesar. Iba con su catalejo pegado al ojo y tras gritar “Tierra a la vista” pudo ver que en la playa había alguien que felizmente correteaba. Cuando se fueron acercando descubrió que se trataba de mí, “¿Qué haces aquí?” me preguntó una vez que desembarcó. “Mira papá esas son mis huellas al caminar, pero luego llega una ola del mar y se las lleva” Mi padre me miró y vi como se le dibujaba una sonrisa en su rostro acompañada de una húmeda y brillante mirada. De repente miró mi mano y dijo “¿Qué tienes ahí?” a la vez que agarraba la botella con una mano temblorosa. “Nada, es una botella que el mar a escupido, puede que sea el mapa de un pirata que esconde un tesoro en él.” Y con las mismas me di la vuelta y comencé de nuevo a marcar mi camino de huellas antes de que él mar se las llevase. Él me siguió con la mirada y las lágrimas se le escaparon hasta esconderse en su frondosa barba. No le hizo falta abrir la botella para saber qué era lo que el mensaje decía pues en cuanto la había visto, la reconoció, era esa botella que al mar un día lanzó preguntándole cuál sería el tesoro más preciado que para él escondía.

Tras muchos años de espera mas otros de olvido de la botella, el mar por fin le respondió simplemente abriéndole los ojos y es que su tesoro más preciado estaba frente a él, jugando a marcar el camino de la misma forma que él hizo una vez.

“Papá, quieres jugar conmigo.” le dije sacándole de su ensimismamiento. Y juntos, marcamos nuestros pasos, creamos nuestro camino.



Para Guille, ese gran 'pirata'

sábado, 5 de marzo de 2016

Ornitorrinco. Rinoceronte. Antirrhinum majus.

Interesantes estas, tus palabras, Jorge. 

- Cuéntame las historias de tus infinitos viajes, de ese recorrer del mundo que tú bien sabes. - Dijo ella dejando por un momento la delicada copa de vino sobre la mesa y cogiendo entre sus manos como si fuera un tesoro enterrado un viejo álbum de fotos que él le pasaba con cuidado.

- Este será un buen comienzo, es mi álbum de los momentos más alucinantes y especiales que viví durante mis años de viajes. Son fotos sin orden ni correlación fotos que me dan la clave de aquel momento en acción. ¿Por cuál quieres que empiece?

La chica emocionada y algo intrigada decidió que abriría una página al azar. Dejo pasar el filo de las hojas rozando sus dedos y en un momento dado se detuvo, abrió la pagina y descubrió cuatro fotos espectaculares: un murciélago boca abajo, un ornitorrinco, una mesa en un pantano y un pato de goma amarillo. - Cuéntame la historia del ornitorrinco. - dijo a la vez que señalaba la foto con su fino dedo.

- Como podrás imaginar esa foto es de cuando estuve viajando por Australia, de cuando recorrí las tierras australianas durante ocho meses. Me acuerdo que estando sentado en el avión iba imaginando todas las cosas que quería ver; llevaba mi lista de cosas que hacer y ver en mi vida; una de ellas era ver un ornitorrinco, pues me parecen los animales más raros y curiosos del planeta Tierra. Para mi desilusión los meses fueron pasando y yo seguía sin ver ni siquiera las huellas de uno de ellos; porque eso de ir a un zoo y pagar por ver un animal encerrado no me motivaba. Pese a todas las excursiones que hacía no había forma de encontrar ninguno. Eso sí, me harté de ver canguros y más de una tarántula. Ya me quedaban cinco días para irme de Australia, cuando uno de los días salí a pasear por los alrededores de la casa que tenía alquilada. Caminaba tranquilamente por la orilla del río cuando de repente un sonido no común a mis oídos llamó mi atención. Comencé a mirar a mi alrededor guiado por ese extraño ruido, cuando de repente, vi como algo daba un chapuzón en el agua. Me quedé muy quieto, pues fuese lo que fuese, no quería asustarlo. Tras unos segundos un enorme pico volvió a aparecer en la superficie. ¡Un ornitorrinco! Y estaba ahí, tenía su madriguera prácticamente al lado de donde yo me estaba hospedando. ¡No me lo podía creer! Por fin podría ‘ticar’ en mi lista una palabra más. Me quedé todo el día ahí sentado, prácticamente hasta que el sol se escondió. Observé esa fantástica y única especie de la naturaleza y en un momento dado tomé esta foto, porque era definitivamente uno de los momentos a recordar.

- ¡Qué pasada! La verdad que sí que es una especie increíble. Me alegro de que al final de tu viaje lo consiguieses ver. –Dijo la chica mientras volvía a pasar las páginas. Esta vez encontró sólo tres fotos, dos pequeñas; una taza de té rota y un rinoceronte; y una a tamaño ampliado; una flor de pascua. - Qué difícil es elegir, mmmm… de esta página quiero conocer la historia del rinoceronte… - dijo dubitativa.

- El rinoceronte negro de África. Creo que ese es uno de los momentos en el que he sentido algo de miedo por mi vida. Íbamos en un jeep recorriendo la sabana desértica de Namibia, el viento ardiente nos golpeaba y el brillo de esa arena anaranjada nos cegaba. Corrimos al lado de los gran kudús (antílopes africanos) y las gacelas; contemplamos una gran familia de elefantes; pasamos cerca de leones que se desplomaban bajo el sol y sus cachorros juguetones que correteaban de un lado a otro; oímos los furiosos rugidos de los guepardos avisándonos de cual era su territorio; y vimos un pequeño rinoceronte que gritaba de dolor. Nos paramos cerca del cachorro rino y ya que no encontramos ningún otro rinoceronte alrededor decidimos bajarnos del jeep e ir en su socorro para ver qué era lo que le sucedía. No queríamos simplemente dejarle ahí a la suerte de las hienas y leones. Vimos que estaba herido, tenía un cable enrollado que se le clavaba en una de sus patas, por lo que entre los cinco que éramos y con los conocimientos de Sirhaan, conseguimos quitarle el cable que le estrangulaba la pata trasera. Ya habíamos acabado cuando de repente notamos cómo el suelo bajo nuestros pies vibraba y oímos un rápido trote  que hacia nosotros se acercaba. Nos incorporamos y vimos como una furiosa madre rinoceronte se dirigía a toda carrera hacia nosotros. Rápidamente nos subimos al jeep y justo en el momento que íbamos a arrancar el coche el rinoceronte nos envistió bruscamente por un lado y ese fue el momento exacto en el que supe que nada detendría a una madre cabreada que protege a su cría. Conseguimos tras varios intentos arrancar y salimos de ahí lo más rápido posible, eso sí, no nos quitamos a la rinoceronte corriendo tras nosotros durante más de un par de horas. Por eso la foto se ve borrosa, la saqué justo en el momento antes de que clavase el cuerno contra el lateral del coche.

- ¡Qué miedo! Es alucinante la de cosas que te pueden pasar cuando menos te lo esperas… aunque estando ahí en medio de la sabana africana, bien os arriesgabais a toparos con algún animal, ya fuese el rinoceronte o un par de leones hambrientos. – Y se recostó un poco en el sofá mientras elegía otra página al azar. Decidió que se iría hasta casi el final del álbum donde las fotos que aparecieron volvieron a ser cuatro: un viejo coche oxidado, unas gafas de buceo, una flor de boca de dragón y un loro multicolor. Sin decir ninguna palabra dejó que su dedo bailara por encima de las cuatro fotografías hasta que lo dejo caer en la foto de la flor.

- ¡Antirrhinum majus! – dijo él entusiasmado – Es mi flor favorita. Podría decirse que esta que has ido a señalar es una de las historias que con más cariño recuerdo. Yo estaba de viaje en Marruecos y era un día cualquiera en el que paseaba por las callejuelas de la ciudad de Rabat. Era una calurosa mañana y me senté en un parque y estando allí sentado descubrí a una anciana mujer con un gran ramo de flores de boca de dragón. Paseaba de un lado a otro y de vez en cuando paraba a algunas personas y les regalaba una de las flores de su ramo. Al principio no sabía por qué paraba a algunos y a otros no, al principio pensé que era porque los conocía pero tras un rato de observación me di cuenta que no era así y al poco descubrí que se lo regalaba a las personas que al pasar le sonreían. Y en ese momento que lo descubrí algo sentí en mi interior, una flor por una sonrisa. ¡No podría haber nada mejor! Desde ese día, el tiempo que estuve en la ciudad, trataba de ir a la misma hora a la plaza, sentarme y observar a la mujer que regalaba antirrhinum majus. Me dio pena descubrir que no eran muchas personas que conseguían la flor, pues la mayoría de las personas mostraban caras serias y ausentes a lo que pasaba a su alrededor, también me preguntaba si yo mismo tendría esa cara amargada pues nunca se había acercado a ofrecerme una flor. Uno de los días que fui no encontré a la anciana por ningún lado cosa que me entristeció, aun así me acerqué al banco de siempre pues pensaba esperar un rato a ver si es que ese día se había retrasado, y cuando me fui a sentar, descubrí una flor de boca de dragón apoyada en el banco. Supe que era para mí y que era una despedida. Con una gran sonrisa la cogí e imaginé que para la anciana era momento de  partir y encaminarse a otra ciudad a investigar cuantas sonrisas la gente le podría mostrar.

Cuando se giró para ver qué opinaba ella de esta historia tan especial, la encontró dulcemente dormida. La contempló y luego fue a por su cámara y le hizo una foto a esa copa de vino olvidada. 

Silencio. Calma. Alegría

Para Isabel, sé que tú escuchas el silencio de la vida.

- Silencio…no hagas ningún ruido o romperás el hilo. Quédate callado cual botón descosido. Silencio… no hables, no muevas los labios ni parpadees, tan solo escucha la música…

- ¿Qué música?

- Shhh… Calma, no desesperes… silénciate y escucha, escucha el palpitar de la tierra, escucha el amanecer cuando asoma por la mañana, los pájaros que derrochan alegría dando la bienvenida al día, el viento que reclama su atención con cada movimiento haciendo que los arboles, las ramas y las hojas le sigan al son, como si fuese una canción en Si bemol…

- No oigo nada de todo eso de lo que me hablas.

- Pero eso es porque aún no nos hemos silenciado, no hemos escuchado, tan sólo hemos oído ruidos lejanos que no llegamos a procesar porque estamos demasiado atareados inmersos en la vida material. A veces hay que pararse un rato y oír el viejo tictac del reloj, oír las largas conversaciones de los muebles de tu casa, esa gota curiosa que del grifo se escapa o esa invisible canica que rueda por la habitación de arriba. Puedes elegir el lugar y luego tan solo tienes que cerrar los ojos y escuchar y sentirás que aunque parezca que estás sólo, en realidad no lo estás.


Y tras estas palabras el silencio inundo su alrededor, un silencio que venía cargado de calma; una calma acompañada de la música; de esa música compuesta por las leves y constantes notas que dirigen la vida.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Suerte. Alegría. Tranquilidad.

Otra noche que escondía las lagrimas bajo la almohada. “Todo irá bien…” fueron su últimas palabras. Y día tras día ella desesperaba, se arrastraba por la casa, esa casa que cada vez más le pesaba, esa casa que cada día era más oscura, era como si la luz evitase entrar por la ventana. Una casa de habitaciones llenas de polvo, polvo de recuerdos y un pequeño fuego que poco a poco se apagaba y expandía las cenizas por la alfombra en la que ellos siempre se tumbaban. La agonía le ahogaba día tras día y aun así ella tenía que ponerse esa máscara de mujer feliz y salir a la calle un día más. Ir a trabajar y reír de esas bromas que sus compañeros hacían cuando ella ni siquiera las oía. Su mente se encontraba lejos, muy lejos de la vida real, vivía atrapada en la memoria de esos años pasados y de vez en cuando soñaba con ese día, el día que todo volviese a la normalidad… Pensaba en su caminar en su fuerte olor a tabaco de pipa, a esas manos que le rodeaban cuando estaba desprevenida…

Una tarde después de trabajar, se sentó en un banco de un parque a observar la vida pasar. No le importó mucho que fuese invierno pues en ese momento no sentía nada, era un cuerpo sin alma, un cuerpo lleno de incertidumbre, un cuerpo vacío de vida. Esa tarde en particular no quería llegar pronto a casa pues había oído que era época de ‘la llamada’, la llamada de puertas que siempre iban acompañadas del grito desgarrado de un amor fusilado. Tan sólo de pensar en esa idea las lágrimas se le escurrían por las mejillas y seguían ese curso que habían formado al derramarse día tras día. Permaneció allí sentada, en ese frío banco, llorando sin disimular y mirando hacia la verde hierba sin más. De repente algo la llamó la atención y es que entre las hebras largas y verdosas asomaban cuatro pequeñas hojitas redondeadas. Se quedo fijamente observándolo y descubrió que se trataba de un trébol de cuatro hojas, de esos que dicen que te dan suerte si los encuentras. Las horas pasaron y a ese trébol llamado esperanza se quedó mirando. Antes de irse a casa lo cogió,  se lo puso en los labios y le susurró, luego se lo guardó en la cartera…

Tres días más tarde, cuando cansada llegaba a casa después de una larga jornada de trabajo una visión se le apareció en la puerta de su casa. Alguien estaba ahí de pie, esperándola… ¿Sería la hora de su llamada? Al principio se quedo paralizada, sus piernas no respondían y su corazón empezó a temblar de terror cuando vio que ese cuerpo uniformado comenzaba a caminar en su dirección. Cerró los ojos muy fuerte, no quería ver lo que le esperaba y es que pese a los años en los que se podría haber mentalizado llegado el momento se vio rota como una fina copa de cristal cuando se estalla contra el suelo y se rompe en millones de pedazos.

Sacando fuerza de no sabía muy bien donde fue abriendo poco a poco los ojos y lentamente fue enfocando esa figura caminante. De repente algo le hizo explorar un raro sentimiento pues comenzó a reconocer ese caminar, esa mirada que le penetraba y hizo que su corazón latiese con más fuerza que nunca, intentó pronunciar ese nombre enterrado durante años pero su voz le temblaba. Y por primera vez en mucho tiempo volvió a saber lo que era la alegría. Su cuerpo se empezó a tambalear, sus piernas comenzaron a responderle y tras caminar unos pasos tanteando ese suelo asfaltado, como temiendo que no fuese real, sus brazos se abrieron y sus piernas corrieron, corrieron hacia ese amor reencontrado, hacia ese amor eterno. Y una vez que él la volvía a tener entre sus brazos su corazón pudo finalmente sentir tranquilidad y se prometió a si misma que nunca más le dejaría marchar.

Cuento hecho con las palabras de Carlos del coro de mamá. :)